06 Viaje a Brasil

Cuando estaba en segundo o tercero de ingeniería viajé al carnaval de Río acompañado
por Salvador “Pitiño” Zahr.

Salvador había conocido a mi hermana Raquel en unos trabajos de verano, a raíz de lo cual
nos hicimos amigos.

Durante nuestro primer año de amistad compartimos lecturas, principalmente de
Pirandello.
El estudiaba arquitectura de la Católica de Valparaíso. Yo, ingeniería en Santiago.

El verano siguiente al día en que nos conocimos viajamos al sur de Chile.
Recorrimos el archipiélago de Las Guaitecas pidiendo que nos llevaran de una a otra isla
en alguna embarcación.

Viajamos haciendo dedo o auto Stop desde Viña del Mar hasta Puerto Montt, donde
fuimos al aeropuerto a pedir a los pilotos que nos llevaran en forma gratuita hasta más al
sur.
Al poco rato logramos que nos llevaran en un avión tipo DC3 con asientos longitudinales
de hierro, esos típicos de paracaidistas de la segunda guerra mundial.
Dentro del avión a más del piloto sólo íbamos una señora, Salvador y yo. El frio era salvaje.
El avión empezó a tener fallas mecánicas y en lugar de ir hasta su destino aterrizó de
emergencia en Coyhaique donde en la pista se encontraban algunos sujetos jugando
fútbol. Tenían los arcos marcados con piedras que tuvieron que retirar de prisa.
Tras un par de días en Coyhaique viajamos pidiendo dedo hasta puerto Aysén desde
donde salimos con destino a Puerto Aguirre, en Las Guaitecas

Anduvimos todo el día en botecito con un pequeño motor fuera de borda del cual
teníamosque sacar agua con un balde, manejado por un muchacho que desde antes de
zarpar y a lo largo de todo el viaje afirmó que éste duraría ocho horas.
Sin contratiempos el viaje nos tomó 24 horas.
El botecito avanzaba muy lentamente por el Fiordo o Seno de Aysén, estrecho que sale
desde Puerto Aysén hasta el Canal Moraleda.

Pasamos alrededor de un mes en e archipiélago disfrutando de esa cultura asombrosa
donde los hombres se juntaban a vivir parados en sus botes en medio de cualquier canal y
donde los funerales se hacían con un grupo de botes uno tras otro igual que los
automóviles en la ciudad acompañando el féretro hasta la isla cementerio.

El verano siguiente emprendimos viaje a Brasil, también haciendo dedo, pidiendo colita o
haciendo autostop.

Salimos desde la subida de Agua Santa, de Viña del Mar junto a la gasolinera, lugar desde
el cual yo había pedido mas de cien veces que me llevaran “a dedo” desde Viña a Santiago
y lo seguiría haciendo talvez quinientas veces más hasta que terminé mi carrera de
ingeniería.

Subimos la cordillera por Portillo y pasamos el Tunel del Cristo de Los Andes para luego
bajar hasta Mendoza. Entre mariposas amarillas y el sol y la luna que salían y se ponían en
interminables planicies de pasto viajamos mas de mil kilometros hasta Buenos Aires.
Desde ahí a Montevideo en un Alíscafo.

Deambulando por Montevideo conocimos a dos muchachas argentinas bellas y elegantes.
Esa noche jugarían futbol, en el estadio Centenario, Uruguay contra Chile.
Las invitamos al estadio.
No quisieron ir porque según habían escuchado en el estadio, en Argentina, suceden las
cosas más desagradables y peligrosas y la gente llega al extremo de tirarse mierda.
Finalmente las convencimos y fuimos a ver el partido en que Uruguay le ganó a Chile, si
mal no recuerdo 4 a 2, donde el más grande jugador fue el chileno Elías Figueroa a quien
los uruguayos contrataron para que se quedara jugando en ese país.
Fue una tarde muy agradable.
Nos resultó sorprendente estar en medio de esa multitud, todos de pie gritando
incansablemente Uruguay … Uruguay. Nunca más vimos a esas bellas muchachas.

Desde esta capital nos llevaron hasta el Chuy pueblo plagado de mosquitos que
comparten Brasil y Uruguay.
Una vez que entramos a Brasil, un camión viejísimo nos llevó por un camino de tierra.
Su chofer, Joao, no logró captar que éramos extranjeros y que hablábamos otro idioma.
Pronto dejó de intentar entender las palabras que le dirigíamos o que intercambiábamos
Salvador y yo.

Paramos tarde en la noche en una choza muy humilde donde Joao escanció en una vieja
olla una gran cantidad de aceite. Después de un rato vació en el aceite hirviendo arroz
como para diez personas y lo revolvió y cocinó mucho rato.
Mientras cenábamos el inolvidable arroz con aceite, en un momento en que hablando con
Salvador me referí a la luna, Joao por fin comprendió que hablábamos otro idioma.
Entonces se puso de pie, indicó la luna y dijo Luna. Nosotros repetimos: Luna.
Joao empezó a indicar las estrellas, los árboles, los chozas y los perros para que fuéramos
diciendo cómo se llamaban en español. Joao repetía fascinado cada palabra en español,
entusiasmado con su descubrimiento.
Después nos envió a cada uno a unas chozas vecinas que estaban abandonadas. Dormí
tirado sobre una cama llena de muchas capas de ropa que al amanecer, cuando el sol
entraba horizontal por los mil huequitos de una choza de paja, circular, de un solo
ambiente y gran tamaño, resultaron ser de muchos colores.

Seguimos viaje hacia el centro Brasil siempre por el camino de tierra hasta que
conseguimos la primera noticia realmente emocionante.
En la entrada de una ciudad, de lado a lado de la carretera, una pancarta decía con
enormes letras: CARNAVAL EN PELOTAS.
Nos pareció maravillosa la expectativa de estar en el carnaval de Brasil y, además, que
fuera “en pelotas”, lo que en Chile significa desnudos.
Lamentablemente para nuestra ilusión ocurría que el pueblo o ciudad a la que estábamos
entrando se llama Pelotas y entonces el letrero anunciaba que había un carnaval en la
ciudad y no, que el carnaval fuera a celebrarse desnudos.

Como en esa época no existía el Sambódromo, las escuelas de samba desfilaban a través
de la Avenida o Rua Presidente Vargas.
A cada lado de la Rua se instalaban galerías apoyadas sobre estructuras de tubos de acero.

El día que llegamos a Río fuimos inmediatamente a la Presidente Vargas.
Llegamos hasta ella por el extremo por el cual salían las organizaciones previas a las
escuelas de samba. Como era el primer día de carnaval, lo que se presentaba no era las
propias escuelas de samba sino estos conjuntos.
Al acercarnos a la boca de la avenida nos encontramos en medio de siete u ocho mil
personas bailando y tocando instrumentos de percusión.
Fue una experiencia inigualable.

Después caminamos por uno de los costados de la Presidente Vargas, buscando
cómo entrar sin pagar a ver el espectáculo cuya música y algarabía se escuchaban.
Por detrás de las galerías, a todo lo largo de la avenida había una pared de madera de
alrededor de 3 m de altura. El primer tubo horizontal por encima de la pared estaba poco
mas arriba. Concluí que saltando y aferrándome con una mano a ese tubo fácilmente
podría salvar la pared, empezar a subir por la estructura de tubos e ingresar al
espectaculo.

Lo que no me imaginé fue que tan pronto salté, me agarré del primer tubo y empecé a
desplazarme como un mono por esas tuberías intentando llegar a las propias galerías,
decenas de jóvenes que estaban paseando por el costado probablemente buscando una
manera de entrar, al ver mi maniobra saltaron inmediatamente tal como lo hice yo, con lo
cual la pared de madera se derrumbó.
Pronto los policías empezaron a perseguir a los monos que nos desplazábamos de uno a
otro tubo por debajo de las galerías. Al final todos terminamos en la calle sin poder entrar
el espectáculo.

Dimos toda la vuelta a la avenida Presidente Vargas y buscamos por dónde ingresar a las
tribunas desde el otro lado donde la policía no estaba advertida de nuestros intentos de
escalamiento. Al poco tiempo conseguí un árbol altísimo una de cuyas ramas observé que
pasaba por encima de la parte más alta de las tribunas.

Experto en subir árboles pronto llegué hasta la rama que me conduciría a la tribuna. La
gente desde la tribuna que me veía acercarme a través del árbol, gritaba un garoto…un
garoto.
El garoto saltó desde la rama y se instaló en las tribunas a ver el espectáculo.

Los días del carnaval de Río fueron de una fiesta inimaginable. La gente bailaba en las
playas y dentro de los buses por no mencionar que en todas las calles y todo lugar.
Dormíamos en la playa.
En el carnaval hay cuatro fiestas oficiales.
La fiesta del último día sería la del Club Sirio.
Como Salvador es árabe y los árabes entre ellos mantienen contactos incluso cuando son
parientes muy lejanos, tuvimos la suerte de contactar parientes de Salvador en Río de
Janeiro y de ser invitados a la fiesta del Club Sirio.

Fue una fiesta inolvidable en la que aprendí a bailar sólo.
Yo andaba con un enorme sombrero mexicano y una camisa de mangas largas, a rayas
verticales verde oscuro y blanco.
Una preciosa muchacha carioca que estaba con su novio de alguna manera se fijó en mi.
Esa noche me fui con ella en su pequeño Volkswagen.
Quedamos de vernos al día siguiente en Castelinho, en la playa Arpoador.
Yo no sabia que lo que en Chile sería una misma playa, con un solo nombre, en Río podían
ser dos o tres playas con distinto nombre. Entonces me paseé por lo que pensaba que
podía ser Ipanema y Arpoador, buscando el lugar cuyo nombre Rita me había dado.
Después de un par de horas vagando en busca de la princesa me eché en la playa junto a
Salvador.
Cuando él encendió un cigarrillo vi que su cajita de fósforos tenía el nombre “Castelinho”
que Rita me había mencionado como lugar de nuestro encuentro. Pregunté a Salvador
dónde había sacado esos fósforos. Me dirigí rápidamente hasta el lugar pero ya habían
pasado varias horas desde la hora en que habíamos quedado en encontrarnos con Rita.
Nunca más supe de ella.

Cuando íbamos hacia Brasil, en un par de ciudades nos encontramos con dos argentinos,
uno delgado y elegante y otro bohemio, algo sucio y desarreglado, guitarrista y
sinvergüenza. Contaba historias maravillosas. Entre ellas que en ocasión de una revuelta
política en Buenos Aires se había robado grandes equipos de televisión de uno de los
principales canales del país.

Al regreso en Montevideo nos volvimos a topar con los dos argentinos, el elegante y el
guitarrista. Decidimos viajar juntos en el Vapor de la Carrera, embarcación que hace el
viaje entre Montevideo y Buenos Aires.
Esa noche el Vapor de la Carrera había vendido dos o más veces su capacidad, de modo
que una vez que estuvimos a bordo pudimos observar que había gente sentada en todas
partes incluso en el suelo dentro de la embarcación y en cubierta, así como en todos los
salones, pasillos y escaleras. Era en definitiva una abusiva situación difícil de manejar.

Pasamos las primeras horas en la proa del barquito, un grupo de jóvenes, Salvador y el
argentino bohemio y sinvergüenza turnándose para tocar la guitarra.
Cansado ya, le dije argentino tú que eres tan salvaje por qué no finges que te da un ataque
y entonces pasas la noche durmiendo en la enfermería del barco.
El argentino no se atrevió a desarrollar el espectáculo.
Entonces, dije, yo me encargo, dormiré esta noche en la enfermería.
Me alejé de ellos, caminé por los distintos salones hasta que llegué a uno que me pareció
suficientemente apto para el show y cuando iba cruzando por el salón, aparenté un
escandaloso desmayo.
Inmediatamente se produjo un inmenso revuelo del cual no pude ser testigo porque
consideré que tenía que estar con los ojos cerrados para parecer desvanecido.
Sentí cómo me llevaban en brazos hasta la enfermería y cómo me auscultaban y hacían
exámenes. No se explicaban qué mal podía padecer, pues me veía en buena condición.
Pronto escuché que Salvador y los argentinos estaban en la misma salita donde yo padecía
inconsciente. Los doctores le preguntaban acerca de mí y de mi condición física y mi salud
y si sabían qué podía ser lo que yo tenía.
Ellos decían que no se explicaban qué podía ser lo que me pasó cuando me habían visto
en buenas condiciones y había estado compartiendo con ellos hasta hacía poco rato.
Gracias a la abnegación del personal médico del barco dormí cómodamente hasta nuestra
llegada a Buenos Aires cuando resucité para asombro de todos.
Durante algunos veranos posteriores a ese, a veces llegaban a Viña del Mar jóvenes
argentinos deseosos de conocer al tipo que había pasado una noche durmiendo en la
enfermería del Vapor de la Carrera, entre Montevideo y Buenos Aires.

Probablemente cansado de tantos días de viaje mi querido amigo Salvador decidió llamar
desde Buenos Aires a su familia.
De inmediato le enviaron un pasaje que le permitió regresar en avión desde Buenos Aires
a Santiago donde su familia lo esperaría.
Me quedé solo en Buenos Aires con la tarea de pedir que me llevaran hasta Mendoza y
después cruzar la cordillera hasta mi casa.

Una vez que estuve en las afueras de Buenos Aires empecé a “hacer dedo” (auto stop) en
la autopista que conduce a Mendoza. Al poco rato se detuvo un camión que venía
lentamente. Era de amplia cabina y un primer acoplado que jalaba a un segundo acoplado,
cada uno con un gran estanque probablemente de vino.
Cuando se detuvo mi lado el chofer me preguntó si yo sabía manejar. Le dije que si. El me
dijo OK entonces yo voy a dormir y tú manejas.
Se instaló en una cama que había en la cabina detrás de los asientos del chofer y el
acompañante.
Me dejó con la tarea de manejar ese camión en la recta interminable que iba desde
Buenos Aires a Mendoza. Si mal no recuerdo el camión tenía 12 velocidades.
Yo nunca había manejado un vehículo, pero poco a poco fui controlando la bestia y a tal
extremo logré controlarla que al cabo de una hora ya me estaba quedando dormido del

aburrimiento que significaba manejar esa tremenda máquina lenta por una recta
interminable.

No recuerdo después de cuantas puestas de sol y salidas de luna llegamos finalmente a
Mendoza donde me acerqué hasta el tren internacional para averiguar cómo hacer para
venirme hasta Chile
Pude enterarme que el tren viajaba solo con carros con ganado y que esos carros iban
bajo el cuidado de unos sujetos a los que llamaban Troperos, cada uno de los cuales era
responsable de tres carros. Para manejar el ganado tenían una picana eléctrica manual.
Logré convencer a un tropero de que yo podría hacer su trabajo sin cobrarle nada para así
poder viajar en ese tren. Yo me haría responsable de cuidar el ganado de los tres carros
suyos.
Emitieron para mí un credencial de tropero.
Me acerqué hasta el tren para ver cuáles eran mis carros.
El tropero me explicó que lo importante era asegurarse en cada parada que hacía el tren,
que ninguna vaca se hubiera caído, porque si una estaba caída la demás la pisaban y
podían matarla. En caso que hubiera alguna caída tenía que encontrar la manera de
levantarlaa sin disponer de una picana eléctrica.

Bastante adelantado el atardecer arrancó el trencito con doce o quince carros.
Empezó a subir la cordillera lentamente por el lado argentino donde la subida es de muy
poca pendiente. Bajo la luna llena los grises de la cordillera eran impactantes.
Cada vez que el trencito paraba yo corría hasta mis carros y revisaba que mis vacas
estuvieran todos de pie como en efecto iba ocurriendo.
El tren llegó una zona donde la pendiente es mayor y entonces dejó a los demás carros y
sólo se fue con tres de ellos. Afortunadamente me tocó en el primer turno de modo que
casi no se interrumpió mi viaje. Así me adentré en la zona que culminaría al llegar a la
parte más alta de la cordillera donde tendría que entregar en la aduana el ganado que
estaba a mi cargo
Viajábamos lentamente por los grises maravillosos de la cordillera de los Andes, sin una
gota de nieve.
Cuando llegamos hasta el puesto de la aduana internacional me bajé a ver cómo estaban
mis vacas. Una de ellas estaba caída. Tenía que encontrar la manera de levantarla para
poder entregar los tres carros con todo su ganado en pie.
Ahí pude observar que en la cordillera no se consigue una rama de árbol y que todo lo que
hay son piedras, solamente piedras. Entonces, sin tener siquiera un palo con el cual picar a
mi vaca caída tenía que recorrer el carro por un costado y meterle golpes de puño en su
cabeza y después dar la vuelta al tren y por el otro costado tratar de levantarla subiendo
la cola de la vaca por los barrotes del tren y colgándome de ella.
Cuando finalmente logré levantarla corrí hasta la Aduana, entregué mis documentos,
vinieron a revisar los carros y una vez confirmado que todo el ganado estaba en pié
terminó mi actuación como tropero.
Pedí a taxistas que bajaban la cordillera si alguno de ellos podría llevarme.
Finalmente me llevó uno que manejaba como un salvaje.

Me dejó en Quillota. Desde ahí seguí en tren hasta Viña del Mar con lo cual terminó el
maravilloso viaje a Brasil del cual dejé constancia en uno de mis poemas en el libro La
Pareja, inmanejable par aparente.

Durante algunos años Salvador y yo fuimos pareja de bridge. Llegamos a competir en la
Copa Braniff, en el Hotel O’Higgins, en Viña del Mar, donde terminamos en cuarto lugar.